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miércoles, 3 de junio de 2009

martes, 19 de mayo de 2009

martes, 21 de octubre de 2008

Educar para enfrentar el sufrimiento en la infancia

Educar para enfrentar el sufrimiento en la infancia
Teodoro Herranz Castillo, Lorena Silva Balaguera, María Herranz Lence


Resumen.

Este artículo pretende abordar el sufrimiento emocional en la infancia. Queremos ver qué significa educar en cuanto guía-protección, frente al desvalimiento de los conflictos emocionales que cada vez con más frecuencia atendemos. Cómo los menores pueden sobrevivir emocionalmente a la inestabilidad en los vínculos primarios, a vínculos tóxicos donde la dependencia del niño se sustituye por la dependencia del adulto. Y, en ese camino, enseñar a “sobrevivir emocionalmente”, analizar con qué herramientas “humanas-técnicas”, podemos contribuir a la prevención, y a la reparación del daño.

Palabras clave:
Sobrevivir emocionalmente.
Tutores de resiliencia
Tutores de esperanza
Psicodrama.
Limitar no Invalidar


Resumen.

Este artículo pretende abordar el sufrimiento emocional en la infancia. Queremos ver qué significa educar en cuanto guía-protección, frente al desvalimiento de los conflictos emocionales que cada vez con más frecuencia atendemos. Cómo los menores pueden sobrevivir emocionalmente a la inestabilidad en los vínculos primarios, a vínculos tóxicos donde la dependencia del niño se sustituye por la dependencia del adulto. Y, en ese camino, enseñar a “sobrevivir emocionalmente”, analizar con qué herramientas “humanas-técnicas”, podemos contribuir a la prevención, y a la reparación del daño.

Palabras clave:
Sobrevivir emocionalmente.
Tutores de resiliencia
Tutores de esperanza
Psicodrama.
Limitar no Invalidar


1. INTRODUCCIÓN.

Aunque siempre ha estado con nosotros la idea de resiliencia, (“teniendo en cuenta la extraordinaria actividad sintética del yo, creo que no podemos seguir hablando de trauma sin abordar al mismo tiempo la cuestión de la cicatrización reactiva.” Freud, S. 1930), no ha sido hasta fechas recientes cuando la idea se concreta en una palabra que, a su vez, organiza un proceso de búsqueda e investigación, que está pasando a ser una guía en la intervención clínica, terapéutica y educativa, tanto en el campo de la reparación del sufrimiento como en el de la prevención y protección frente al mismo.

“Desde modelos más salutogénicos, se entiende al individuo como un sujeto activo y fuerte, con una capacidad natural de resistir y rehacerse a pesar de la vivencia de adversidades” (Vera, 2004).
Para definir el concepto de Resiliencia vamos a hacer acopio de algunas propuestas:

Resiliencia: Un fenómeno al que tradicionalmente se ha prestado poca atención pero que, en los últimos años, ha comenzado a ser objeto de estudio. Personas resilientes que, enfrentadas a un suceso traumático, no experimentan síntomas disfuncionales ni ven interrumpido su funcionamiento normal, sino que consiguen mantener un equilibrio estable sin que afecte a su rendimiento y a su vida cotidiana. A diferencia de aquellos que se recuperan de forma natural tras un período de disfuncionalidad, los individuos resilientes no pasan por este período, sino que permanecen en niveles funcionales a pesar de la experiencia traumática. (Vera, 2004)

Resiliencia o la capacidad de resistir y rehacerse: Desde hace algunos años ha comenzado a manejarse el concepto de resiliencia como aquella cualidad de las personas para resistir y rehacerse ante situaciones traumáticas o de pérdida. La resiliencia se ha definido como la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. La resiliencia no es absoluta ni se adquiere de una vez para siempre, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo que varía según las circunstancias, la naturaleza del trauma, el contexto y la etapa de la vida y que puede expresarse de muy diferentes maneras en diferentes culturas (Manciaux et al., 2001)

La resiliencia es un proceso, un devenir, de forma que no es tanto la persona la que es resiliente como su evolución y el proceso de vertebración de su propia historia vital (Cyrulnik, 2001).

Dos dimensiones son inseparables del concepto de resiliencia: la resistencia a un trauma y la evolución posterior satisfactoria y socialmente aceptable. (Vera, 2004)

El primero que utilizó en sentido figurado el concepto de resiliencia, tomándolo prestado de la terminología física, fue Bowlby (1992) quien la definió como el resorte moral o la cualidad de la persona que no se desanima, que no se deja abatir.


La resiliencia (del inglés resilience) es un fenómeno ampliamente observado al que tradicionalmente se ha prestado poca atención, y que incluye dos aspectos relevantes: resistir el suceso y rehacerse del mismo (Bonanno, Wortman et al, 2002; Bonanno y Kaltman, 2001)


Dentro de una concepción del desarrollo, la resiliencia es un concepto evolutivo y de la salud que caracteriza los procesos dinámicos que facilitan la organización e integración de la experiencia en modos de funcionamiento adaptativos. Ese concepto reafirma la capacidad del ser humano de superar situaciones potencialmente traumáticas, transponiendo el determinismo y dando la posibilidad de esperanza de desarrollo adaptativo incluso en situaciones o escenarios marcadamente conflictivos (Junqueira & Deslandes, 2003, en de Castro y Jimenez, 2007)

El concepto de resiliencia ya aparecía en la Teoría del Apego, de Bowlby, al atribuir la aparición de la resiliencia a las primeras experiencias del niño con la madre, el padre y otros, ya que las experiencias positivas contribuyen a la formación de personalidades saludables y resilientes (Bowlby, 1976)

Un modo de unir e integrar las definiciones de este concepto podríamos encontrarlos en el texto de Vanistendael Stefan (2004, págs 12)

Resiliencia: “Se trata de una capacidad para sobreponerse a las dificultades y de crecer en la duración de las mismas. Esta capacidad se apoya menos en la fuerza que en una serie de elementos positivos como la amistad, el proyecto de vida, una espiritualidad, que permita la construcción o la reconstrucción de la vida. Esta capacidad se presenta bajo la forma de un proceso de vida que se construye con otras personas del entorno y que permanece siempre variable. Normalmente este proceso necesita la articulación de responsabilidades entre diferentes personas, diferentes grupos, diferentes niveles en la sociedad y comprende la responsabilidad- a veces pequeña, pero siempre real – de la víctima con su propio futuro. La realidad humana de la resiliencia es verdaderamente un proceso de crecimiento, una evolución positiva a través de grandes dificultades, un crecimiento hacia una nueva etapa de la vida, y no únicamente un simple rebotaré como el de un resorte que vuelve a su forma original o como el concepto físico de resiliencia. Es un proceso orientado por una ética profunda.


2. ¿SE PUEDE CONSTRUIR LA RESILIENCIA?

Friederich Losel lo formula claramente : “la herencia genética determina los límites extremos de lo posible, pero en el interior de estor límites tenemos un enorme abanico de posibilidades que serán actualizadas gracias a la interacción social que nos ayuda a construir una vida” Vanistendael Stefan (2004, págs 8)

Articulamos el trayecto de construcción de la resiliencia en dos etapas:

1. Una etapa de generalización, en la que observamos algunos dominios de intervención posible pero, a tal nivel de abstracción, que no sabemos siempre qué hacer.
2. Una segunda etapa, en la que hay que situarse a partir de la realidad específica o de un caso.

“Los elementos que permiten construir la resiliencia son elementos de felicidad humana normal, elementos ya descubiertos en la psicología clásica, orientaciones ya puestas en práctica por los grandes pedagogos de la historia como Don Bosco, Juan Bautista de la Salle, Pestalozzí, Montesori y otros… En muchos de los casos la resiliencia se fundamenta en el vínculo y el sentido”. (Vanistendael Stefan. 2004, págs 11).

Por otra parte, “la capacidad para descubrir un sentido”. He aquí un segundo elemento clave para la resiliencia:


Dos elementos de sentido fácilmente olvidados, los rituales que expresan cuidado para nuestra vulnerabilidad, pueden convertirse en un apoyo al sentido y, a la vez, incluso un vínculo, en tanto que permanecen habitados por las mismas personas, y que no se convierten en una rutina enojosa. En el mismo sentido no subestimamos la importancia de la belleza bajo todas sus formas y bajo todos sus gustos, como vínculo con la vida, como contribución al sentido. Otros elementos para construir la resiliencia:
La autoestima, pero sin exageración, si no derivará en arrogancia. Toda clase de competencias humanas, sociales, profesionales, El humor constructivo. Y no olvidemos cualquier otro elemento que pueden encontrar y puede servir. Vanistendael Stefan (2004, pág. 12)


3. TUTORES DE RESILIENCIA.

“Todos nosotros nos construimos en los encuentros” Vanistendael Stefan (2004, pág. 12)... De hecho, es aquí donde podemos situar la mirada positiva del otro: el otro me mira, me escucha... Boris Cyrulnik llama a estas personas de confianza y de apoyo, tutores de resiliencia.

Si el encuentro es nuestra herramienta para convertirnos en personas generadoras de esperanza y referentes frente a la adversidad vital y emocional, valdría la pena crear un breve manual de instrucciones para aprender este rol.
Para ello, hemos rastreado el concepto de encuentro en la obra de Martín Buber, a quién se le atribuye, no sólo sus aportaciones a la filosofía, sino sobre todo contribuir a la que posteriormente se denominaría psicoterapia del encuentro : “psicodrama”
La propia biografía de Martín Buber, nos hace pensar en él como un resiliente.

“ Buber vive una etapa muy importante de su niñez con sus abuelos en Polonia, su madre los había abandonado y eran gente muy culta que habían introducido en su pensamiento la antigua idea en la que ocupa un lugar destacado la lectura de textos, y lo grupal” ( Cesar Wenk, 2004). Buber se aleja de lo religioso, se dedica al periodismo, para con posterioridad encontrarse con los escritos de maestros jasídicos y en 1904, los da a conocer.

En sus cuentos jasídicos, Martín Buber, nos muestra algunas de las ideas que están la psicoterapia humanista como elementos de intervención.

El Jasidismo es un movimiento dentro del Judaísmo que va a subrayar todo lo positivo que tiene el vivir, “el aquí y el ahora”. Y lo llamativo que esto se da entre gente muy sencilla.

¿Cuáles son las aportaciones del Jasidismo?

a. Su esencia es el concepto de una vida de fervor y fervoroso júbilo, y concretar una vida de entusiasmo y de nobleza que ninguna experiencia negativa pueda sofocar, como las que venían sufriendo el pueblo judio por las masacres de Polonia. (Recordemos la anécdota, donde Moreno nos decía que quería ser recordado como la persona que introdujo la alegría en la psiquiatría)
b. Las dificultades que el hombre tiene consigo mismo y con el mundo, están destinadas a hacer de este mundo un lugar de perfeccionamiento.

EL JASIDISMO: Es un movimiento dentro del judaísmo tradicional que frente a las pruebas duras de la vida eligen vivir en una concepción que privilegia la relación con los demás aceptando a cada persona por lo que es, una aceptación incondicional, aunque a día de hoy los jasidim no encarnan sus ideas originales. Inflamó a sus seguidores, fuesen sencillos o intelectuales, con el regocijo por el mundo tal cual es y por la vida tal cual es.

EL HESED de donde deriva Jasidismo,
es una forma particular de AMAR
que se caracteriza por querer al otro por lo que el otro es y cómo es.
Es un don mutuo y una alegría chispeante,
fruto del descubrimiento de sí mismo,
gracias a la presencia del otro.

Es una fuerza para vivir con entusiasmo el presente
Y saber que se le puede transformar.

Es el motor necesario para la creación.
Es Dios que busca al hombre.
Porque sin ÉL no está completo
ni puede acabar su obra creativa.

En las ideas de Buber, también se aprecian enseñanzas que toma de la Cábala.

En la concepción cosmogónica de los Cabalistas, la creación era como chispas o luces que habían emanado de Dios y que habían caído en el mundo concreto, rodeándose de una cáscara que impedía que se viera su luz y la tarea de los humanos era sacarlas de este caparazón y recuperar su brillo natural.


El hombre jasídico: Para Martín Buber está marcado por una serie de temas que tienen su correlato en la Psicoterapia del encuentro, Psicodrama Moreniano.

¿Podría ser el Tzadik un tutor de resiliencia?

El llamado Tzadik, el Maestro, en la tradición jasidica, es una persona erudita en las cosas que tienen que ver con el alma humana y su forma de buscar el camino:

Sus funciones:
CURAR Él puede curar el cuerpo y el alma porque SABE EL CÓMO, el uno está ligado con la otra y esa comprensión le da poder para influir sobre ambos.Esto es lo que relata Buber del profundo conocimiento que tenían sobre la penetrante conexión entre el cuerpo y el espíritu, cómo actuaban uno sobre otro, lo que hoy llamaríamos psicosomáticaA este trabajo de descubrir esta secreta unión se le llamó discernimiento del espíritu
ENSEÑAR una y otra vez toma de la mano y guía
FINALIDAD Hasta que pueda aventurarse solo
NO TE REEMPLAZA No te libera haciendo lo que tú ya eres lo bastante fuerte cómo para hacerlo por ti mismo
Lo que NO PUEDE HACER: El Tzadik el Maestro, no puede tomar el lugar del jasidim (discípulos) :
Fortalece A tener el coraje de ponerse en la búsqueda. El Tzadik fotalece a su jasid en las horas de duda, PERO NO LE INSUFLA LA VERDAD.
VERDAD Como la verdad es en realidad hacerse verdadero, adecuarse a la realidad, LE AYUDA A CONQUISTARLA Y RECONQUISTARLA POR SI MISMO, porque es todo un trabajo, que se va logrando poco a poco y a veces se sale de nuestro horizonte.
MEDIACIÓN Es sólo un medio para... Una y otra vez recalca los limites de la mediación Un hombre puede tomar el lugar de otro SÓLO HASTA EL UMBRAL DEL SANTUARIO INTERIOR
PRESENCIA CORPORAL Influye en su jasid, no ya por una dirección consciente, si no por la proximidad corporal.
CÓMO ENSEÑA Con su existencia misma y no con palabras.
EL HOMBRE COMPLETO No porque esté allí como un intelectual sino como hombre completo, en su existencia terrenal, en la que la totalidad del ser es puesta a prueba.


4. UN NIÑO ES PEQUEÑO.

Probablemente esta afirmación por obvia parece pueril, pero si nos detenemos en revisar la clínica infantil, veremos que esta afirmación es el mayor olvido en la crianza y la educación de los hijos. Se nos olvida que los niños no son adultos y se nos olvida que tratarlos como adultos, supone no escuchar, no ver sus necesidades. Este error se suele acompañar de las exigencias adultas, por lo cual podemos pasar a sustituir el apoyo y la guía, por la dejación, la negligencia y el abuso.
Pero me gustaría recordar qué es ser “pequeño”. “Ser pequeño es depender y depender significa someterse a la voluntad de otros, el que depende es frágil e impotente en una situación en la que en el otro polo está el que es capaz, el que que decide las cosas y dirá qué cosas se harán y cuándo se harán” (Rosa Cukier (1998).
Hemos descartado el mito de que el instinto nos guiará de forma adecuada en cubrir las dependencias de los niños :“Hoy dia sabemos que la naturaleza no dota a las madres de una paciencia excepcional y que no todas saben, cómo ofrecer una situación de dependencia ideal para sus hijos” ( Badinter 1980)
Qué necesitamos en nuestro desarrollo para llegar a un mundo adulto , con una capacidad “suficiente “ para sobrevivir emocionalmente, para generar procesos resilientes frente a la adversidad.
§ El desarrollo a través de los Clusters:
Moreno, creador del psicodrama dio sus primeros pasos en lo que después pasaría a ser uno de los modelos de psicoterapia, en 1908, en Viena, donde hacía algo que el denominaba drama creativo, y que básicamente consistía en dejar jugar a los niños sus propias historias. Esas historias las historias que todos podemos jugar, tienen una secuencia evolutiva, la hemos aprendido a través de los papeles que hemos desempeñado en la vida, esos papeles están organizados entre sí y, a su vez, suponen un aprendizaje vital.
El primer grupo de roles se organizan en torno al “sostenimiento”, (Winnicot, 1990 ) lo que los psicodramatistas denominamos el cluster materno. (Bustos, D. 2004, Lamanna, S. 2008). Es esencial para la construcción de la intimidad, y se organiza en torno a la ternura. “La ternura es preverbal no requiere de muchas palabras y se explica por si misma , pero es importante saber que si la ternura no es seguida del aprendizaje de los limites, las normas y la autonomía, se puede convertir en una prisión que genera relaciones de máxima dependencia, como los vínculos de apego o su negación total para evitar quedar en manos de quienes ama”.
El siguiente cluster es el paterno. Se va a enfrentar con una función y un nuevo personaje, la función paterna. Se trata de conquistar gradualmente la iniciativa. Pero la iniciativa necesita de un acompañante que guía, normativiza, nos aprueba y nos desaprueba; según cómo nos guíen y nos acompañen en el camino hacía la autonomía, nos abrirán el mundo como una posibilidad, o como un riesgo: el de poner en evidencia mis limitaciones y los miedos asociados a intentar dirigir mi propia vida. Esta figura guía nos enseñará no sólo la dirección, sino que nos tranquilizará eliminando la fantasía de omnipotencia, de tal modo que el mundo se nos abre mientras aprendemos a formar parte de él.

“Lamentablemente una gran cantidad de seres humanos no tienen las condiciones necesarias para transitar en estas etapas de una manera deseable; miles de bebés son abandonados, malnutridos y descuidados. Las precarias condiciones de seguridad que ofrece nuestro tercer mundo, hace que una gran cantidad de bebés queden en la indigencia. (Silvia Lammana 2008). “El desgarro no es sólo una actitud individual: es mas cruel cuando se trata de un hecho masivo, social.” (Bustos, D. 2004)

Siguiendo el desarrollo emocional, el niño tiene que aprender a relacionarse con los iguales, tiene que aprender a compartir, competir y rivalizar. Es el cluster fraterno. Para poder insertarse en un mundo simétrico de iguales es necesario, haber sido sostenido primero, afianzado después. Ambas cosas son imprescindibles para llegar a compartir.

§ ¿Cómo se daña la necesidad de recibir, de dar, de compartir?
La negligencia y el abuso son más frecuentes de lo que queremos conocer. los casos extremos nos conmocionan pero, a veces, sería necesario reconocer-nos en el daño cotidiano al que, en ocasiones, cambiamos el nombre, o justificamos como necesario, e incluso sano, para el otro.

Reglas para detectar las necesidades del niño:

Un niño necesita saber que están cuando él los necesita. Esa sensación de seguridad, le permite sostenerse en un mundo donde se encuentra desvalido; si no existe el otro estable, el desvalimiento hace que el mundo se convierta en una amenaza y el riesgo es el desfondamiento, la desintegración, y el desasosiego de tener que aferrarme a mi propio miedo como único sostén para sobrevivir. Entre los mitos que hemos creado para tranquilizar nuestra culpa y justificar nuestra negligencia, está el de que los niños que no tienen figuras estables, se harán más fuertes. Ya nos enseñó la psicología evolutiva, que los niños que se crían en vínculos inseguros, vivirán desde la ansiedad la separación, pero lo que es peor, también la unión, porque ambas forman parte de una dinámica de imprevisibilidad, frente a la cual la indefensión y la locura del aislamiento son las únicas respuestas.

Un niño necesita sentir que le quieren. No es fácil decir que no queremos a nuestros hijos, pero esta afirmación tiene demasiadas imprecisiones. La primera es la confusión entre querer, que es un acto de dar y ser querido que es un acto de recibir. En el hecho de decir “te quiero” se encubre muchas veces, la petición de “quiéreme.” En proyectos de crianza de los hijos a veces encontramos que los papeles están cambiados, los hijos nacieron con la misión de cubrir las carencias afectivas de los padres.

Un niño es valioso. Cuando venimos al mundo, el sujeto psíquico está por hacer, en ese camino necesita ser valorado. Si nos preguntamos todos si valoramos a nuestros hijos, sería difícil encontrar un rechazo abierto, salvo en patologías de la ternura. Pero no es difícil confundir valorar al otro, con la valoración de nosotros a través del otro. Tu valor está en cubrir mi expectativa, mi deseo o mi frustración. Esto no es valorar a nuestros menores, esto es buscar la reparación de nuestras heridas de valor a través de nuestros menores.

En una imagen, esta función de sostenimiento, serían unos brazos estables que me sostienen cuando yo no puedo, con ternura, y viéndome reflejado en unos ojos que brillan cuando me miran.

Pero mi tutor frente al sufrimiento tiene que cumplir una segunda función: guiarme sin incapacitarme; tendrá que introducir el “no”, como un modo de permitirme moverme en la vida, renunciando a la omnipotencia para aprender a relacionarme con los demás.
Este proceso requiere del tutor que sepa diferenciar “limitar” de “invalidar”. El lenguaje de la psicoterapia clásica definía la neurosis como “el resultado de cercenar partes de uno mismo para sostener la relación con el otro“ Menegazzo,( 1981).

Si tenemos que facilitar a los menores la introducción al mundo, el mundo sigue unas normas, normas que hemos creado para organizar nuestra convivencia. El conocimiento de las normas, nos permite incorporarnos y expandirnos. En este proceso, podemos tomar dos direcciones antagónicas, una la ausencia de la regla, con lo cual el menor se sentirá atrapado en su propia fantasía omnipotente que le llevará a la desadaptación: “No hay nada imposible, sólo prohibido”, pero lo prohibido, al no estar internalizado, sólo es un intento fallido de amputar mi omnipotencia, por lo que la trasgresión formará parte de mis señas de identidad: ” Seré un sujeto anormativo, pero omnipotente.
La otra opción, es el fracaso por exceso, la norma está al servicio de la vida, pero si la norma se alimenta de la vida, conseguiremos que nuestros menores, no caminen; bastante terror tienen con saber cómo adaptarse sin error al cumplimiento escrupuloso del invalidante “deber hacer”. Pero ahora estoy hablando como un terapeuta triste y analítico, no como un tutor de resiliencia. ¿Cómo actúo para conseguir que el menor se sienta protegido por las reglas que va a necesitar para formar parte del mundo al que pertenece?. Recurriendo a una imagen lo podemos aclarar: Si la norma la pudiéramos tomar en la mano, se la ofreceríamos al otro, añadiendo, es necesaria, pero tienes que aprender a usarla para que te haga bien. Seguro que todos recordamos, a veces con más agrado y otras con menos, frases como “deja de jugar” es la hora de la merienda, la de acostarte, la de estudiar, o incluso la peor la de levantarse para ir al colegio, esas rutinas nos hicieron adaptarnos y cuidarnos.

También tenemos que aprender que el mundo puede presentarme dificultades, y yo aún soy pequeño como para caminar solo. Ni que decir tiene que el camino en este aspecto pasa por la sutil delicadeza de hacer que la mano del tutor sea un lugar de apoyo, que tranquiliza, y da confianza, pero no aferra ni expulsa. ¿Qué pasaría si no fuera así?. Recurramos de nuevo a una imagen: si tenemos a un menor que tiene que saltar un obstáculo y lo cogemos en brazos, a ser posible con un rostro que transmite miedo, mientras le sostenemos y le decimos:” no te preocupes ya lo hago yo que para ti es muy difícil, muy complejo, muy peligroso”. Es muy posible que hayamos conseguido alguien que ante cada paso en la vida se detenga para buscar las personas que lo hagan por él, recordándoles que el mundo se le hace grande y peligroso, y él se siente desvalido y asustado. La otra posibilidad, la mano que expulsa, que lanza al mundo desde la prisa, desde el miedo, contribuye a generar el terror; aprenderé qué no puedo hacer, pero ni siquiera puedo permitirme quedarme en el miedo, tengo que ocultar el miedo al miedo, de tal manera que iré por la vida tropezando con mis temores y huyendo de la vida, aunque para otros hasta podré parecer “muy valiente”.

Y quizás el último NO, es un NO relacional: no puedes hacer eso con los demás. Ese No que NO invalida pero limita nos ayudará a seguir siendo pequeños mientras lo necesitemos. Recuerdo con especial ternura el relato de una paciente, que se fugó de casa a los 5 años, cogió, su mochila, metió su osito, y se fue de casa, exactamente al otro lado de la puerta. La fuga duró un “enorme rato”, hasta que su madre le dijo, “Venga adentro”. Limitar no invalida, usar el terror me hará eternamente dependiente, y tendré que recurrir a la manipulación, a la seducción, a la victimización como estrategias para que el adulto haga por mí lo que yo no me atrevo. Y si el límite no aparece, entonces, el miedo me paralizará; resultará que siendo pequeño podría actuar como un adulto, sin serlo; por favor que alguien me devuelva a la realidad, a la realidad de mis competencias y mis benefactoras limitaciones.

Después de lo expuesto, estoy proponiendo como tutores de resiliencia a los que siempre lo han sido. Los que decidieron/decidimos traer hijos al mundo, a lo mejor siempre han sabido cómo hacerlo. Pero si tuviéramos que ayudar con un apunte del manual básico lo resumiríamos en los siguientes puntos.

Manual básico para ser tutor de Resiliencia. (Ampliar con todo lo que te ayudo en la vida para superar las adversidades y el sufrimiento emocional)

§ 1. Con tu actitud (no sólo con palabras), hazme sentir que cuento contigo, con tu cariño, y que soy especial para ti.
§ 2. Tienes que ser “maestro”, no es un halago, es un rol que el otro necesita para ser discípulo, y poder llegar a ser maestro.
§ 3. Enséñame las reglas, su cumplimiento, y a esforzarme. Pero sin hiperexigir que me paralizas y, luego, los terapeutas me van a llamar obsesivo. Pero cuidado, no se te olvide exigirme, no confundas el amor con la dejación. Si quieres que crea que el mundo se hizo para que yo haga lo que quiera con él, debes saber que luego me llamarán (a veces lo endulzan) disocial, antisocial… pero, en realidad, me estarán llamando psicópata.
§ 4. No se te olvide apoyarme, pero sin reemplazarme, no se te olvide que eres mi Tzadik porque, sin tu apoyo, caminar será una huida, o una evitación, y fíjate, tampoco es bonito el nombre, me llamarán fóbico, o contrafóbico es decir, que el miedo me acompañará toda la vida.
§ 5. Por favor, no se te ocurra hacerme creer que soy adulto, y tengo derechos adultos, porque no tengo los recursos ni las capacidades que se requieren, y no me cercenes el derecho a tomar iniciativas, en ambos casos tendré que usar estrategias raras, exageradas, teatreras, manipuladoras, es muy cansado y mira me llamarán histriónico. ¿Qué tál?. Como mejorado ¿verdad? pero en el fondo pensarán que no he pasado de ser un histérico.
§ 6.Así que no se te olvide acompañarme hasta que pueda ir solo, sin invalidarme, y haciéndome generar esperanzas en el futuro.

Y ¿hasta cuando vas a tener que estar aquí, cumpliendo esta función conmigo?. Toda la vida; está bien, te lo aclaro, quizás durante un tiempo te necesitaré fuera, luego, habré aprendido a tratarme como tú lo hiciste conmigo.

Y si la vida, quizás con más celeridad que el tiempo de mi dependencia, me deja sin ti, ¿qué hacer?: coger el manual de tutor de resiliencia; sé que hay muchas personas que saben y que te ayudarán desde la esperanza, desde la ética, desde el amor, a encontrar un sentido para seguir emocionalmente vivo.


5. DRAMATIZACIÓN COMO RE-CONSTRUCCIÓN DE LA VIDA, COMO ENSAYOS DE RESPUESTAS RESILIENTES.

Las sesiones de psicoterapia, en numerosas ocasiones en el trabajo con niños que demandan nuestra ayuda, son escenario de respuestas resilientes, de respuestas de rehacerse y de enfrentarse ante las situaciones difíciles, traumáticas para ellos. Así la terapia tiene la capacidad de generar o despertar en ellos, no desde la ayuda y la directividad del terapeuta, sino desde la posición de encuentro y la disposición que desde ese encuentro se crea, la aparición de cualidades y fortalezas con las que gestionar situaciones difíciles.

ALGUNOS CASOS PRÁCTICOS:

SERGIO
Sergio es un niño de 11 años al que la vida no ha tratado demasiado bien. Vino a tratamiento porque no aceptaba ninguna norma ni en casa, ni en el colegio. Intentaba agredir a su familia, insultando constantemente y sin tener unos hábitos buenos para él; no se sabia cuidar, presentaba fracaso escolar, y todo el mundo le decía “eres muy listo pero no vas a conseguir nada en esta vida”. (No se habían leído nuestro manual)

Un día, en una sesión de psicodrama individual, trabajamos una escena de un tema que el propio niño refiere, relacionado con el malestar que siente cuando, en su familia, tratan mal a su perro. Describe la escena donde, en casa, su madre y su abuela y, en muchas ocasiones él mismo, tratan mal al perro, para que no ladre y esté parado; le gritan para que se esté quieto, le amagan como si le fueran a pegar; todo “porque así es la única manera en que obedece”. Narrada la escena, le situamos en la dramatización, donde un yo auxiliar (miembro del equipo terapéutico) representa al perro, que está en casa y, a partir de ahí, le damos la opción de que pueda hacer lo que él quiera.

Sergio está acostumbrado a que esa sea la manera normal de convivir en su casa; no sólo es el tipo de relación que se establece con el perro, sino que, entre unos y otros, usan los gritos, las amenazas, las “malas maneras”, para lograr lo que desean.

En la dramatización, en el aquí y ahora del salón de su casa que hemos reconstruido en la sala de terapia, le señalamos que mire aquí y ahora qué quiere hacer. Sergio, al principio con risa nerviosa, se acerca a su perro, que está ladrando, y le ordena que se calle. Tras esa primera aproximación, se acerca nuevamente al perro y le empieza a acariciar la cabeza, se sitúa a su lado con la intención de tranquilizarle: “tranquilo, tranquilo, después te saco a la calle, es mejor para ti que no ladres…”, en todo momento se coloca en una posición de cuidado con su perro, “aquí y ahora” y adoptando la idea de intentar trasmitirle que para él es bueno tener unos límites.

Sabemos por la historia de este niño, que poca gente en su vida le ha tratado bien, la manera que todos utilizan para que obedezca, es hacer alarde de la fuerza. No han aprendido a detectar sus necesidades de cariño y cuidado, de estar con el otro. No le han hecho llegar que las normas, los límites, le cuidan y le protegen de los demás y de sí mismo, que limitar no es invalidar, es proteger.

GONZALO
Gonzalo es un niño de 9 años que, desde que escuchó en la tele el caso de una niña que estaba desaparecida, empezó a tener pesadillas, a tener que dormir con sus padres, a hacerse pis en la cama de nuevo, por el miedo “horroroso” de que le podía pasar a él. Previamente acudía a tratamiento por problemas de conducta y déficit de atención, y estos miedos aparecieron después del verano. Cuando llega a sesión, con mucha dificultad, comienza a hablar de lo que le pasa; le señalo que me puede hablar de lo que le ocurre, lo que le preocupa, lo que le asusta, con la intención de ir construyendo ese personaje tan malo y horrible que le asustaba. Sentados en el suelo, alrededor de los cojines que nos acompañan en sesión, el me mira y me dice “lo que me pasa está aquí dentro” (se señala la cabeza), no me asusta nada de fuera sino lo que yo creo que puede pasar, no lo que va a pasar. Este niño ante el miedo horroroso que sentía, su respuesta no era esconderse debajo de la sábana esperando a que algo pasara, si estaba dentro de su cabeza él podía enfrentarse a la preocupación que el suceso le había despertado.

CELIA
Celia es una niña de 10 años, que viene a consulta, con muy pocos recursos, llena de miedos y de rabia, con conductas autolesivas, y con la incapacidad de “hacer las cosas bien”. Sus padres estaban separados y la relación era muy negativa; la mayoría de los temas de conversación se centraban en sus malos resultados académicos, en su bajo rendimiento y en su dificultad para relacionarse socialmente con sus iguales. Acudía al psicólogo porque “según mucha gente”: sus padres y profesores “le hacia falta”.
Cuando Celia trabajaba escenas en las sesiones, al principio, su única respuesta era siempre la que tenía configurada en casa: su miedo, su fracaso, su preocupación, su predecir que las cosas la iban a ir necesariamente mal.
Un día la propuse que íbamos a viajar al futuro, un viaje donde ella podía elegir cómo iba a construir su futuro. Poco a poco, Celia fue haciendo su viaje, y cuando tenia 10 años más, ella ya no vivía con sus padres, no tenia problemas; tenía amigos, pareja, y estaba trabajando como maestra, para ayudar, entender y comprender a los niños que suspendían en el colegio, no porque fueran tontos, sino porque “les pasaba algo más”. Con 20 años imaginaba estar al lado de aquellos a los que hacía falta. El viaje imaginario al futuro le permitió empezar a desplegar sus cualidades, sus seguridades.

ELENA
Elena es una preadolescente de 12 años, que acude a tratamiento porque en su colegio ha tenido episodios de maltrato por sus compañeros.
El miedo a lo desconocido, le hizo rogar a su madre que no la cambiara de colegio, y así permanecer en una situación de riesgo, ya que sus compañeros seguían estando allí.
En una sesión, al hablar de qué quería hacer después de todo un curso académico, en el que había vivido el rechazo en todos los intentos de acercarse a sus compañeros para tener amigos, con esfuerzos enormes de estar al lado del otro, superando todo lo que había pasado, me dice: “Deseo cambiar de colegio, para así tener la oportunidad de conocer a otros niños. Yo voy a aprobar todo, a sacar buenas notas, porque es la mejor manera de conseguirlo, y porque así nunca me diré que no lo he intentado”.
Elena se había ido haciendo fuerte en el proceso terapéutico aunque, cuando lo inició, era una niña que, ante la agresión, había cerrado los ojos, se había encogido sobre si misma, para aguantar, sin más, en la creencia de no poder cambiar nada de lo que viniera de fuera.


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